sábado, 11 de octubre de 2014

UNA DISCUSIÓN APROPIADA


La semana pasada se llevó a cabo el seminario Discusiones en el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez. Entre los distintos elementos diferenciadores y las constantes que aparecieron una y otra vez, me llamó la atención la recurrencia explícita en mayor o menor medida a la apropiación como característica que recorre el arte contemporáneo venezolano. Pero más que este hilo conductor, lo resaltante es que en las discusiones sobre literatura esta cualidad no está presente. (La ponencia sobre poesía, a cargo de Gina Saraceni, por sus propias características, la elección de los textos y el tema, no era quizás la llamada a desarrollar tal aspecto.) Probablemente se trata de un asunto de lenguajes: pensar el poema con conceptos tomados del arte visual puede pasar como un error; sin embargo, por lo menos en principio, esta trasposición no debería ser desdeñada, después de todo, podría ser un ensayo para plantear nuevas lecturas; pero además, dicho tema se ha discutido en otras latitudes y parece incluso ya asumido como parte de ciertas prácticas poéticas. Así, la pregunta sería por qué en Venezuela el debate sobre la apropiación literaria ha pasado por debajo de la mesa, por no decir simplemente que no ha existido.

Podríamos pensar que el tema no interesa, que es entendido como mera moda o algo momentáneo e intrascendente, lo cual no sería raro, puesto que, en efecto, muchas de las reseñas y artículos que tratan al respecto se quedan muchas veces en lo accesorio, sin preguntarse apenas por lo que le sucede al lenguaje en el proceso. Por otro lado, también puede pensarse que se debe a que la reciente producción literaria venezolana no ha incorporado este procedimiento a su práctica y, en consecuencia, no genera tal debate. Sin embargo, por lo menos dos poemarios recientes: Paisajeno, de Willy McKey, e Historia privada de un etcétera, de Natasha Tiniacos, toman textos de otros para situarlos en un nuevo contexto, en mayor o menor medida, explícitamente ambos. Y yendo un poco más allá, en otro momento, con un tono y una hondura diferente, Octavio Armand, esa isla de la tradición poética nacional, recurre en diversas partes a múltiples voces para apropiarlas en su escritura.

Con estos precedentes, nos preguntamos, ¿no es válido y valioso generar una conversación sobre la apropiación como práctica poética? ¿Hasta dónde la voz ajena deviene propia? Huelga decir que no se trata de defender este procedimiento, no hace falta estar de acuerdo. Al nombrar Paisajeno e Historia privada de un etcétera no estamos dando ningún juicio de valor, positivo o negativo, sino que son puestos como ejemplos que requieren —pensamos— lecturas desde ese otro ángulo, desde esa clave que ellos mismos plantean y que, por lo tanto, puede ser incorporada a la crítica literaria para ver en qué medida funciona, cuánto coadyuva al proyecto poético, etc.

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* Texto publicado originalmente en la web del diario La Verdad (11-X-2014).
IMAGEN: http://revistaojo.com/wp/wp-content/uploads/2014/06/portada-25.png

sábado, 30 de agosto de 2014

¿ES POSIBLE EL SILENCIO? (II)


En el artículo anterior hablamos de una forma de ejercer el silencio en el interior mismo de las voces que se cruzan en las redes sociales y los medios y ante la constante urgencia que nos empuja a participar de estos, no como una forma de negación o de no aceptación, sino como una manera de que tales medios de comunicación realmente funcionen como canales de expresión, por lo cual este «silencio» sería más una especie de tergiversación, de détournement o mala praxis que altera los espacios de enunciación que se nos ofrecen.

Como se ve, se trata de un gesto político, pero igualmente podría entenderse como una poética. En mayor o menor medida, esa «tergiversación» es la que intenta el poema. Decir como una forma de desdecir, de hablar mal, de hacer silencio. «La escritura tiene como único propósito dejar en blanco a la página. Vaciarla con signos repletos de segundas intenciones», escribe el poeta Octavio Armand. Esto es, la negación del lenguaje por el lenguaje mismo; más bien, el lenguaje llevado a su extremo, a su forma más radical.

Insistimos: no se trata de afirmar una posición romántica (de alejamiento o rechazo) frente a la cotidianidad, sino de seguir el camino que propone la escritura misma, seguirlo hasta sus últimas consecuencias, donde apenas es posible la significación. Pero tampoco es el «caos» del inconsciente. Se trata más bien de «dejar caer la referencia misma en algún punto externo de referencia que elude lo Simbólico» (S. Žižek). A esto apunta el poema. Todos sus movimientos desregularizadores tienden a llevar la enunciación fuera del radio de acción de la comunicación (entendida como mera transmisión de un mensaje). La pregunta es cómo se pone la referencia en ese «punto externo de referencia», cómo «dejar en blanco a la página». Más aún, ¿qué consecuencias tiene? Podríamos pensar, por ejemplo, en un discurso que no consiga destinario alguno, que no atine a construir diálogo, no tanto porque no interpele al lector cuanto porque, vaciado de signos y fuera de todo proceso de simbolización, este debe inaugurar a cada paso nuevas formas de leer, seguir el mismo proceso que llevó al lenguaje fuera de su cauce. Pero además, ¿cómo podría enunciarse el sujeto en ese afuera de la referencia? En todo caso, es preciso asumir tales consecuencias, perder el cuerpo, devenir (reconocerse) discurso, sistema significante siempre desplazado.

De esta forma, el poema tienta constantemente su propia constitución, estira los bordes que lo contienen, corriendo el riesgo de caer en el sinsentido, en lo absurdo; y sin embargo, aun en ese más allá será posible leer, puesto que todo es susceptible de interpretación (cuánto más el blanco sobre blanco, un silencio añadido al silencio).

Por supuesto, quedará suspendida la pregunta sobre cómo eludir lo simbólico, cómo vaciar la página con signos. O bien, podemos arriesgarnos a afirmar que el poema es ese cómo, es el proceso que hace y deshace al mismo tiempo, que instala y derriba con un solo movimiento todos los significados posibles. En consecuencia, leer vendría a ser (per)seguir dicho movimiento para intentar rescatar algo.

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* Texto publicado originalmente en la web del diario La Verdad (30-VIII-2014).
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sábado, 16 de agosto de 2014

¿ES POSIBLE EL SILENCIO?


Tal vez comunicar sea la palabra clave. Es necesario hablar, decir, escribir, enunciar(nos). Todos los días, a cada momento, hay un cuerpo textual o discursivo in crescendo, básicamente gracias al omnipresente uso de las redes sociales. Se trata de una urgencia y —a estas alturas— de un mecanismo para incorporar, interpretar y «administrar» las experiencias. De alguna manera, nos entendemos a partir de esa escritura instantánea, o mejor, fugaz.

En esta sobreabundancia textual, ¿qué leemos?, ¿cuánto leemos?, ¿qué vale la pena leer? Las redes son un zapping constante, apenas disimulable a ciertas horas, y lo escrito en un tweet o en un estado pasa casi de forma inmediata al olvido. Los medios de comunicación tradicionales parecen ofrecer un poco más de aliento (solo parecen). Una escritura sin cuerpo real es todo cuanto tenemos. Pero además se nos invita a opinar, a ser partícipes de esa escritura, a crear un diálogo, a comentar, a «gustar», a compartir o a retuitear. La incorporación a dicho diálogo conlleva, por una parte, el hecho de que pasamos a formar parte de una economía (cuyo mercado o plataforma son las propias redes) donde somos al mismo tiempo productores y consumidores, y por otra parte, que, como señala el articulista Rob Horning, «el momento de la propia expresión constituye simultáneamente al emisor y al mensaje, lo que enmascara cómo ambos son estructurados por el medio disponible» (pensemos, por ejemplo, en los estrictos 140 caracteres o el hashtag, que ordena, categoriza, nombra, mide, etc., pero también en el espacio en las páginas de la prensa escrita, la mayoría de las veces determinado por la publicidad). Como dijimos, de alguna manera nos entendemos desde estos lugares que se nos ofrecen como espacios de expresión y opinión libres, como espacios para ser, por supuesto, a condición de participar de la fiesta.

Tomando en cuenta lo codificado y estructurado de tales espacios de enunciación, cabría preguntarse entonces por la factibilidad de una verdadera autoexpresión. Pero igualmente podríamos invertir la pregunta: ¿Hay un espacio de enunciación que no esté codificado en mayor o menor medida? Huelga decir que la literatura no escapa a esto.

Por otra parte, además de estas características de los lugares para hablar y opinar, es sintomático que los intercambios propuestos estén regidos por lo instantáneo y efímero las más de las veces (videos virales, trending topics, noticias del momento…), de modo que el espectro temático suele ser bastante corto; lejos de este, probablemente algunos murmullos, cuando no el silencio. Es decir, que hablamos un diálogo que no es nuestro, un diálogo ajeno, pero que ha devenido común y cercano dada su ubicuidad. Luego, esta sobreabundancia de escrituras solo da cuenta de voces con yoes desplazados, expulsados de la propia expresión. El problema es que no logramos reconocer tal desplazamiento y damos por sentado que el yo que pronunciamos es transparente y apunta con claridad a un sujeto pleno.

Entonces, ¿quién habla aquí, donde parece no haber nadie? Otros, siempre otros; sujetos políticos, mercantiles, sociales, etc., que nos aúpan a tomar la palabra, a decidir, a votar…

Si tal es el escenario, ¿es posible ser más que un simple portavoz o un mensajero mudo?, ¿existe una posibilidad de hacer frente, si es de esto de lo que se trata? Para Jean Baudrillard (vía Horning), «la estrategia de resistencia es aquella del rechazo a la significación y el habla o la de la simulación hiperconformista de los mismos mecanismos del sistema, que es otra forma de rechazo por medio de la sobreaceptación».

Si bien el silencio en el contexto de los medios y las redes sociales parece poco menos que imposible, habría que entender este no solamente como la ausencia de discurso, sino además como el proceso de dislocación de los mecanismos de producción de sentido y contenido que aquellos ponen a disposición. Piénsese, por ejemplo, en algunos ejercicios que incorporan estos a la escritura poética; podría hablarse en este caso —quizás— de ese «rechazo por medio de la sobreaceptación»; o más que de rechazo, de burla, de cierto movimiento esquivo que parece adherirse a la lógica discursiva de los medios y las redes, pero que, al darle un nuevo uso, en un contexto diferente, altera de alguna manera sus funciones y procedimientos de significación.

Así, este «silencio», esta mala praxis, sirve como una forma de retomar la propia expresión; tal vez no para bloquear el desplazamiento constante del yo, pero por lo menos para hacerlo visible y reconocer dónde se ubica en un momento determinado la voz.

Por supuesto, pecaríamos de ingenuos si pensáramos que con esto escapamos a las lógicas del mercado y las ideologías; nada más lejos. Recordemos que solo se trata de un gesto de burla. Como animales políticos (sociales), nos vemos obligados a hablar en los espacios predeterminados que ya mencionamos. Mientras tanto, intentamos hacer silencio con un gesto engañoso que nos permita ubicar y mover la voz hacia un territorio más cercano, aun cuando sea apenas por un instante.

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* Texto publicado originalmente en la web del diario La Verdad (16-VIII-2014)
** Para ahondar en el tema, leer los artículos Contra Narciso, de Luis Pérez-Oramas, y The Silence of the Masses Could Be Social Media, de Rob Horning.
IMAGEN: http://tctechcrunch2011.files.wordpress.com/2014/02/pediapress-wikipedia.jpg?w=400

sábado, 2 de agosto de 2014

ESCRITURA = RIESGO


En la película Dans la maison, de François Ozon, Claude Garcia, uno de los protagonistas, empieza a escribir relatos por una tarea de literatura. Tras esto, Germain Germain, el profesor, lo conmina a continuar con la escritura. Sin embargo, la tarea conlleva un riesgo: para escribir, Garcia debe visitar a su compañero de clase Raphaël Artole, ser partícipe de su cotidianidad, de la intimidad de la familia. A medida que Germain lee las historias, se da cuenta de que van sucediendo situaciones cada vez más extrañas o riesgosas; sin embargo, aun cuando duda, decide continuar y asumir dicho riesgo que, como lector y a la vez personaje, le toca.

A estas alturas, preguntarse por la ficción parece no tener cabida.

La escritura es riesgo. El grupo Apocalipsis hizo de sí mismo, de sus respectivas biografías, un apocalipsis, en el que suicidios y otras muertes trágicas marcaron el fin. Si bien se trata de un tema que hay que mirar con cuidado, pues se puede correr el peligro de ver en cada línea, en cada palabra, una premonición, un signo previsor, y acabar confundiendo la lectura, parece plausible asomarse de vez en cuando a ver cómo las tensiones cotidianas, mínimas muertes, etc., se reproducen o despliegan en los movimientos que dinamizan la escritura y coadyuvan en la construcción de sentido. Entonces surge la pregunta por cuánto hay depositado en una obra, cuánto se despliega en un discurso. No es cualquier cosa esto, se trata de la subjetividad deviniendo objeto para ser plenamente sujeto, como Alonso Quijano que sale a recorrer un territorio en decadencia como Don Quijote para ser totalmente lúcido. Todo esto, por supuesto, a costa de la vida misma, a sabiendas de que en dicho proyecto se puede perder la vida.

En una reunión, hablando sobre un artista, una persona dijo que le hacía falta «dañarse» un poco. Más allá de la referencia inmediata, del momento, lo que subyace a esta idea es la necesidad de arriesgar aún más en la creación, pero también en disciplinas críticas, teóricas, etc. Solo así se puede pensar y generar discurso con peso específico entorno a los objetos, llámese libro, pintura, ensayo, ciudad, deporte, país…

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* Una versión de este texto fue publicado en la web del diario La Verdad (2-VIII-2014).
IMAGEN: http://lh6.ggpht.com/_21W3jSgjAyA/Spphz3McgdI/AAAAAAAABYg/yfY7Hv96v9g/Gustavo_Dore_Quijote%5B1%5D.png?imgmax=800

sábado, 19 de julio de 2014

NO QUEREMOS PAZ


Desde hace unos pocos meses vivimos rodeados de paz. Todo está lleno de paz. El mes anterior, por ejemplo, se llevó a cabo el XI Festival Mundial de Poesía, cuyo lema fue La letra y la paz. Así como este, diferentes congresos, mesas de diálogo, simposios, etc., enuncian la paz entre sus objetivos o la suman a sus respectivos nombres. De un momento a otro pasamos a la urgencia de pronunciarla. La pregunta es: ¿por qué?

Repasemos brevemente: El 12 de febrero pasado comenzó una ola de protestas en diferentes ciudades de Venezuela que se mantuvo durante algunos meses. En este contexto, las acusaciones y tomas de posición se sucedieron constantemente: mientras unos sostenían que las manifestaciones eran pacíficas y que la violencia venía de las fuerzas públicas, los otros mantenían que las protestas eran violentas y que el objetivo de policías y guardias era mantener el orden. El mismo hecho era reelaborado todos los días por discursos enfrentados. Por supuesto, nada nuevo, esto solo hizo —de ser posible— más evidente el problema. En todo caso, una de las cosas que resalta es la disputa de quién agencia la paz y quién la violencia. A partir de aquí viene la omnipresencia de la paz (en tanto palabra, claro está). Todo y todos decimos paz. ¿Se puede no estar de acuerdo en proponerla? Tal vez esto sea la clave.

Un discurso articulado en torno a la paz se asume protegido de réplicas, pues no se supone que se la ataque de frente (paz en abstracto, siempre). La bandera pacifista se instala inamovible como primer escudo. Pero además, por esto mismo, por su aparente blindaje, a su alrededor se puede avanzar hacia cualquier objetivo; ahí está Irak, por ejemplo; aquí estamos nosotros, por ejemplo.

No decimos paz porque nos urge, decimos paz como primer avance, como primer acto de violencia, y esta, tal como la entiende el filósofo Simon Crichtley, nunca es un solo acto, sino que conlleva una «contraviolencia». Y como no puede ser de otra forma, en este movimiento dialógico, violencia y contraviolencia giran sobre el concepto de paz, la paz como objetivo final. De ahí su reiterada convocatoria, su excesiva presencia discursiva. Ahí, en ese espacio «sobrante» que crea tal exceso, es donde debemos leer para intentar ver las pulsiones que hablan en nosotros, que nos dicen.

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* Una versión de este texto fue publicada en el diario La Verdad (19-VII-2014).
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sábado, 5 de julio de 2014

EL YO DEL FÚTBOL


En textos anteriores(1) hemos intentado abordar el tema de la subjetividad y sus avatares en Internet y la literatura, espacios que tienden a acercarse y repelerse constantemente.

En ese sentido, en estos días en que el fútbol se instala como centro de toda conversación, vale la pena arriesgar un diálogo distinto, acaso tangencial, para ver qué más rueda en el campo.

En un reciente texto, el escritor hispano-argentino Andrés Neuman habla sobre Messi, sobre «lo que no es» y lo que, como telespectadores, esperamos de él. En una parte habla de una pregunta que le hicieron al rosarino: «'Siendo tan tímido', le preguntó cierta vez a Messi una amiga de la infancia, '¿cómo podés salir a la cancha y hacer lo que hacés delante de cien mil tipos que te están mirando?'. Él sonrió tenuemente y pronunció la mejor respuesta que, dada su afasia, pronunciará quizás en toda su vida: 'No sé. No soy yo'». Y luego continúa Neuman: «Quién sabe si se trata de lo contrario: solo entonces es él. Solo entonces, dentro de la cancha, averigua quién es».

Messi dice «no soy yo»; Neuman hace la lectura inversa, que Messi es en la cancha. En ambos casos se trata del reconocimiento de —por lo menos— dos momentos del sujeto; entre la cancha y su afuera ocurren diferentes formas de decir yo.

Así como Messi, el hincha en general suele referirse al equipo con un nosotros; él/ella pasa a ser un sujeto múltiple. Esa persona que acude a la grada o mira la televisión se ve alterada al insertarse en la lógica del equipo: ganamos, perdimos, empatamos.

Si bien se trata de casos diferentes, los dos hablan de una identidad que podríamos llamar líquida, sobre todo en el caso del fanático (tele)espectador. La pregunta, entonces, apunta a lo que agencia esta maleabilidad del yo: ¿qué hace que seamos, dejemos de ser o derivemos en una multitud?

Todos necesitamos construir una narración para administrar las experiencias, para darles un sentido; es algo que hacemos tal vez de manera inconsciente, pero siempre está ahí. Luego, podemos pensar la cancha como ese relato vital en el que Lionel Messi deja de ser él o donde realmente averigua quién es, o el club como el guion donde el hincha se diluye, donde se asume (desde la fe) como sujeto colectivo. Por supuesto, en el caso del fanático, dicha construcción narrativa se ve fuertemente impulsada por el propio club como sujeto político y económico: los himnos, los eslóganes, los colores, la promesa de héroes-mitos, etc., todo coadyuva a crear un sentido de pertenencia e identificación sin el cual la persona no se entiende.

En todo caso, lo que habría que ver es cómo somos, qué ponemos como asistentes al espectáculo, cuánta de nuestra fe y de nuestras frustraciones(2) depositamos en este deporte, en este agente que nos ofrece coordenadas, que nos enseña a ser y a desear.

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* Texto publicado originalmente en la web del diario La Verdad (5-VII-2014).
IMAGEN: http://fc06.deviantart.net/fs29/i/2008/052/c/c/La_Barra_Sin_Verguenza_by_Foxen2005.jpg

sábado, 21 de junio de 2014

EDUCACIÓN E IDEOLOGÍA


A raíz de la resolución 058 y la distribución de la Colección Bicentenario, últimamente leemos y escuchamos quejas del problema que estas conllevan: que se trata de un proceso de adoctrinamiento de los estudiantes, de una ideologización de la educación, etc. En general, como una especie de acuerdo tácito, reconocemos que la educación, por tratarse de niños, es poco menos que sagrada y debe respetarse, evitando contaminarla con ideologías y apuntando siempre a una visión plural. Más o menos así podríamos resumir muy básicamente— uno de los argumentos expuestos.

Viéndolo de esta manera, es difícil no estar de acuerdo, el problema está en que todo el argumento se apoya en la exigencia de la no ideologización de la educación, lo cual es imposible: la educación va de la mano de la ideologización. Cuando fuimos a la escuela, aprendimos a ver e interpretar de una determinada manera, a jerarquizar, a priorizar o desestimar, etc. El mismo hecho de asistir a una institución educativa nos hizo parte de un aparato ideológico desde la más tierna infancia: Vamos al colegio para formarnos y poder conseguir un trabajo digno en el futuro. ¿Formar qué o formarnos cómo? ¿Qué hace digno a un trabajo? Como no puede ser de otra forma, el modelo que rige nuestras vidas viene de esta etapa.

Si esto es así, ¿entonces cuál es el verdadero problema? Si siempre ha habido ideologización en la educación, ¿a qué se deben las protestas y los reclamos? Por una parte, podría deberse a la forma torpe en que se ha intentado llevar a cabo el proceso, pero sobre todo se debe a que lo que está propuesto es un cambio de dirección ideológica, un cambio de signo; es esto lo que reconoce e intenta detener el sector que se opone. Además, en la base de todo este embrollo está el hecho de que hasta hace poco solíamos asociar la palabra ideología a las tendencias políticas de izquierda, como si solo estas fueran productoras de tales sistemas. Esto, claro está, no es accesorio; cuanto menos veamos cómo se desarrollan las ideologías, más fácil será su proceso.

Anteriormente ya lo mencionamos: en todo lo que producimos hay signos que dan cuenta de las ideologías, empezando por el lenguaje, y de esto no escapa la educación. Así, independientemente de lo que suceda con dicha resolución, lo realmente importante es que podamos leer los movimientos que animan los diferentes discursos, en este caso, el educativo. El solo hecho de abocarse a esta tarea constituye un acto político y, como tal, dejará rastros de un determinado sistema de pensamiento.

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* Texto publicado originalmente en el diario La Verdad (21-VI-2014).
IMAGEN: http://www.el-nacional.com/caracas/Madres-Resolucion-Antonio-Rodriguez-Nacional_NACIMA20140410_0028_3.jpg