sábado, 16 de agosto de 2014

¿ES POSIBLE EL SILENCIO?


Tal vez comunicar sea la palabra clave. Es necesario hablar, decir, escribir, enunciar(nos). Todos los días, a cada momento, hay un cuerpo textual o discursivo in crescendo, básicamente gracias al omnipresente uso de las redes sociales. Se trata de una urgencia y —a estas alturas— de un mecanismo para incorporar, interpretar y «administrar» las experiencias. De alguna manera, nos entendemos a partir de esa escritura instantánea, o mejor, fugaz.

En esta sobreabundancia textual, ¿qué leemos?, ¿cuánto leemos?, ¿qué vale la pena leer? Las redes son un zapping constante, apenas disimulable a ciertas horas, y lo escrito en un tweet o en un estado pasa casi de forma inmediata al olvido. Los medios de comunicación tradicionales parecen ofrecer un poco más de aliento (solo parecen). Una escritura sin cuerpo real es todo cuanto tenemos. Pero además se nos invita a opinar, a ser partícipes de esa escritura, a crear un diálogo, a comentar, a «gustar», a compartir o a retuitear. La incorporación a dicho diálogo conlleva, por una parte, el hecho de que pasamos a formar parte de una economía (cuyo mercado o plataforma son las propias redes) donde somos al mismo tiempo productores y consumidores, y por otra parte, que, como señala el articulista Rob Horning, «el momento de la propia expresión constituye simultáneamente al emisor y al mensaje, lo que enmascara cómo ambos son estructurados por el medio disponible» (pensemos, por ejemplo, en los estrictos 140 caracteres o el hashtag, que ordena, categoriza, nombra, mide, etc., pero también en el espacio en las páginas de la prensa escrita, la mayoría de las veces determinado por la publicidad). Como dijimos, de alguna manera nos entendemos desde estos lugares que se nos ofrecen como espacios de expresión y opinión libres, como espacios para ser, por supuesto, a condición de participar de la fiesta.

Tomando en cuenta lo codificado y estructurado de tales espacios de enunciación, cabría preguntarse entonces por la factibilidad de una verdadera autoexpresión. Pero igualmente podríamos invertir la pregunta: ¿Hay un espacio de enunciación que no esté codificado en mayor o menor medida? Huelga decir que la literatura no escapa a esto.

Por otra parte, además de estas características de los lugares para hablar y opinar, es sintomático que los intercambios propuestos estén regidos por lo instantáneo y efímero las más de las veces (videos virales, trending topics, noticias del momento…), de modo que el espectro temático suele ser bastante corto; lejos de este, probablemente algunos murmullos, cuando no el silencio. Es decir, que hablamos un diálogo que no es nuestro, un diálogo ajeno, pero que ha devenido común y cercano dada su ubicuidad. Luego, esta sobreabundancia de escrituras solo da cuenta de voces con yoes desplazados, expulsados de la propia expresión. El problema es que no logramos reconocer tal desplazamiento y damos por sentado que el yo que pronunciamos es transparente y apunta con claridad a un sujeto pleno.

Entonces, ¿quién habla aquí, donde parece no haber nadie? Otros, siempre otros; sujetos políticos, mercantiles, sociales, etc., que nos aúpan a tomar la palabra, a decidir, a votar…

Si tal es el escenario, ¿es posible ser más que un simple portavoz o un mensajero mudo?, ¿existe una posibilidad de hacer frente, si es de esto de lo que se trata? Para Jean Baudrillard (vía Horning), «la estrategia de resistencia es aquella del rechazo a la significación y el habla o la de la simulación hiperconformista de los mismos mecanismos del sistema, que es otra forma de rechazo por medio de la sobreaceptación».

Si bien el silencio en el contexto de los medios y las redes sociales parece poco menos que imposible, habría que entender este no solamente como la ausencia de discurso, sino además como el proceso de dislocación de los mecanismos de producción de sentido y contenido que aquellos ponen a disposición. Piénsese, por ejemplo, en algunos ejercicios que incorporan estos a la escritura poética; podría hablarse en este caso —quizás— de ese «rechazo por medio de la sobreaceptación»; o más que de rechazo, de burla, de cierto movimiento esquivo que parece adherirse a la lógica discursiva de los medios y las redes, pero que, al darle un nuevo uso, en un contexto diferente, altera de alguna manera sus funciones y procedimientos de significación.

Así, este «silencio», esta mala praxis, sirve como una forma de retomar la propia expresión; tal vez no para bloquear el desplazamiento constante del yo, pero por lo menos para hacerlo visible y reconocer dónde se ubica en un momento determinado la voz.

Por supuesto, pecaríamos de ingenuos si pensáramos que con esto escapamos a las lógicas del mercado y las ideologías; nada más lejos. Recordemos que solo se trata de un gesto de burla. Como animales políticos (sociales), nos vemos obligados a hablar en los espacios predeterminados que ya mencionamos. Mientras tanto, intentamos hacer silencio con un gesto engañoso que nos permita ubicar y mover la voz hacia un territorio más cercano, aun cuando sea apenas por un instante.

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* Texto publicado originalmente en la web del diario La Verdad (16-VIII-2014)
** Para ahondar en el tema, leer los artículos Contra Narciso, de Luis Pérez-Oramas, y The Silence of the Masses Could Be Social Media, de Rob Horning.
IMAGEN: http://tctechcrunch2011.files.wordpress.com/2014/02/pediapress-wikipedia.jpg?w=400

sábado, 2 de agosto de 2014

ESCRITURA = RIESGO


En la película Dans la maison, de François Ozon, Claude Garcia, uno de los protagonistas, empieza a escribir relatos por una tarea de literatura. Tras esto, Germain Germain, el profesor, lo conmina a continuar con la escritura. Sin embargo, la tarea conlleva un riesgo: para escribir, Garcia debe visitar a su compañero de clase Raphaël Artole, ser partícipe de su cotidianidad, de la intimidad de la familia. A medida que Germain lee las historias, se da cuenta de que van sucediendo situaciones cada vez más extrañas o riesgosas; sin embargo, aun cuando duda, decide continuar y asumir dicho riesgo que, como lector y a la vez personaje, le toca.

A estas alturas, preguntarse por la ficción parece no tener cabida.

La escritura es riesgo. El grupo Apocalipsis hizo de sí mismo, de sus respectivas biografías, un apocalipsis, en el que suicidios y otras muertes trágicas marcaron el fin. Si bien se trata de un tema que hay que mirar con cuidado, pues se puede correr el peligro de ver en cada línea, en cada palabra, una premonición, un signo previsor, y acabar confundiendo la lectura, parece plausible asomarse de vez en cuando a ver cómo las tensiones cotidianas, mínimas muertes, etc., se reproducen o despliegan en los movimientos que dinamizan la escritura y coadyuvan en la construcción de sentido. Entonces surge la pregunta por cuánto hay depositado en una obra, cuánto se despliega en un discurso. No es cualquier cosa esto, se trata de la subjetividad deviniendo objeto para ser plenamente sujeto, como Alonso Quijano que sale a recorrer un territorio en decadencia como Don Quijote para ser totalmente lúcido. Todo esto, por supuesto, a costa de la vida misma, a sabiendas de que en dicho proyecto se puede perder la vida.

En una reunión, hablando sobre un artista, una persona dijo que le hacía falta «dañarse» un poco. Más allá de la referencia inmediata, del momento, lo que subyace a esta idea es la necesidad de arriesgar aún más en la creación, pero también en disciplinas críticas, teóricas, etc. Solo así se puede pensar y generar discurso con peso específico entorno a los objetos, llámese libro, pintura, ensayo, ciudad, deporte, país…

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* Una versión de este texto fue publicado en la web del diario La Verdad (2-VIII-2014).
IMAGEN: http://lh6.ggpht.com/_21W3jSgjAyA/Spphz3McgdI/AAAAAAAABYg/yfY7Hv96v9g/Gustavo_Dore_Quijote%5B1%5D.png?imgmax=800

sábado, 19 de julio de 2014

NO QUEREMOS PAZ


Desde hace unos pocos meses vivimos rodeados de paz. Todo está lleno de paz. El mes anterior, por ejemplo, se llevó a cabo el XI Festival Mundial de Poesía, cuyo lema fue La letra y la paz. Así como este, diferentes congresos, mesas de diálogo, simposios, etc., enuncian la paz entre sus objetivos o la suman a sus respectivos nombres. De un momento a otro pasamos a la urgencia de pronunciarla. La pregunta es: ¿por qué?

Repasemos brevemente: El 12 de febrero pasado comenzó una ola de protestas en diferentes ciudades de Venezuela que se mantuvo durante algunos meses. En este contexto, las acusaciones y tomas de posición se sucedieron constantemente: mientras unos sostenían que las manifestaciones eran pacíficas y que la violencia venía de las fuerzas públicas, los otros mantenían que las protestas eran violentas y que el objetivo de policías y guardias era mantener el orden. El mismo hecho era reelaborado todos los días por discursos enfrentados. Por supuesto, nada nuevo, esto solo hizo —de ser posible— más evidente el problema. En todo caso, una de las cosas que resalta es la disputa de quién agencia la paz y quién la violencia. A partir de aquí viene la omnipresencia de la paz (en tanto palabra, claro está). Todo y todos decimos paz. ¿Se puede no estar de acuerdo en proponerla? Tal vez esto sea la clave.

Un discurso articulado en torno a la paz se asume protegido de réplicas, pues no se supone que se la ataque de frente (paz en abstracto, siempre). La bandera pacifista se instala inamovible como primer escudo. Pero además, por esto mismo, por su aparente blindaje, a su alrededor se puede avanzar hacia cualquier objetivo; ahí está Irak, por ejemplo; aquí estamos nosotros, por ejemplo.

No decimos paz porque nos urge, decimos paz como primer avance, como primer acto de violencia, y esta, tal como la entiende el filósofo Simon Crichtley, nunca es un solo acto, sino que conlleva una «contraviolencia». Y como no puede ser de otra forma, en este movimiento dialógico, violencia y contraviolencia giran sobre el concepto de paz, la paz como objetivo final. De ahí su reiterada convocatoria, su excesiva presencia discursiva. Ahí, en ese espacio «sobrante» que crea tal exceso, es donde debemos leer para intentar ver las pulsiones que hablan en nosotros, que nos dicen.

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* Una versión de este texto fue publicada en el diario La Verdad (19-VII-2014).
IMAGEN: http://www.hableconmigo.com/wp-content/uploads/terracota-1.jpg

sábado, 5 de julio de 2014

EL YO DEL FÚTBOL


En textos anteriores(1) hemos intentado abordar el tema de la subjetividad y sus avatares en Internet y la literatura, espacios que tienden a acercarse y repelerse constantemente.

En ese sentido, en estos días en que el fútbol se instala como centro de toda conversación, vale la pena arriesgar un diálogo distinto, acaso tangencial, para ver qué más rueda en el campo.

En un reciente texto, el escritor hispano-argentino Andrés Neuman habla sobre Messi, sobre «lo que no es» y lo que, como telespectadores, esperamos de él. En una parte habla de una pregunta que le hicieron al rosarino: «'Siendo tan tímido', le preguntó cierta vez a Messi una amiga de la infancia, '¿cómo podés salir a la cancha y hacer lo que hacés delante de cien mil tipos que te están mirando?'. Él sonrió tenuemente y pronunció la mejor respuesta que, dada su afasia, pronunciará quizás en toda su vida: 'No sé. No soy yo'». Y luego continúa Neuman: «Quién sabe si se trata de lo contrario: solo entonces es él. Solo entonces, dentro de la cancha, averigua quién es».

Messi dice «no soy yo»; Neuman hace la lectura inversa, que Messi es en la cancha. En ambos casos se trata del reconocimiento de —por lo menos— dos momentos del sujeto; entre la cancha y su afuera ocurren diferentes formas de decir yo.

Así como Messi, el hincha en general suele referirse al equipo con un nosotros; él/ella pasa a ser un sujeto múltiple. Esa persona que acude a la grada o mira la televisión se ve alterada al insertarse en la lógica del equipo: ganamos, perdimos, empatamos.

Si bien se trata de casos diferentes, los dos hablan de una identidad que podríamos llamar líquida, sobre todo en el caso del fanático (tele)espectador. La pregunta, entonces, apunta a lo que agencia esta maleabilidad del yo: ¿qué hace que seamos, dejemos de ser o derivemos en una multitud?

Todos necesitamos construir una narración para administrar las experiencias, para darles un sentido; es algo que hacemos tal vez de manera inconsciente, pero siempre está ahí. Luego, podemos pensar la cancha como ese relato vital en el que Lionel Messi deja de ser él o donde realmente averigua quién es, o el club como el guion donde el hincha se diluye, donde se asume (desde la fe) como sujeto colectivo. Por supuesto, en el caso del fanático, dicha construcción narrativa se ve fuertemente impulsada por el propio club como sujeto político y económico: los himnos, los eslóganes, los colores, la promesa de héroes-mitos, etc., todo coadyuva a crear un sentido de pertenencia e identificación sin el cual la persona no se entiende.

En todo caso, lo que habría que ver es cómo somos, qué ponemos como asistentes al espectáculo, cuánta de nuestra fe y de nuestras frustraciones(2) depositamos en este deporte, en este agente que nos ofrece coordenadas, que nos enseña a ser y a desear.

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* Texto publicado originalmente en la web del diario La Verdad (5-VII-2014).
IMAGEN: http://fc06.deviantart.net/fs29/i/2008/052/c/c/La_Barra_Sin_Verguenza_by_Foxen2005.jpg

sábado, 21 de junio de 2014

EDUCACIÓN E IDEOLOGÍA


A raíz de la resolución 058 y la distribución de la Colección Bicentenario, últimamente leemos y escuchamos quejas del problema que estas conllevan: que se trata de un proceso de adoctrinamiento de los estudiantes, de una ideologización de la educación, etc. En general, como una especie de acuerdo tácito, reconocemos que la educación, por tratarse de niños, es poco menos que sagrada y debe respetarse, evitando contaminarla con ideologías y apuntando siempre a una visión plural. Más o menos así podríamos resumir muy básicamente— uno de los argumentos expuestos.

Viéndolo de esta manera, es difícil no estar de acuerdo, el problema está en que todo el argumento se apoya en la exigencia de la no ideologización de la educación, lo cual es imposible: la educación va de la mano de la ideologización. Cuando fuimos a la escuela, aprendimos a ver e interpretar de una determinada manera, a jerarquizar, a priorizar o desestimar, etc. El mismo hecho de asistir a una institución educativa nos hizo parte de un aparato ideológico desde la más tierna infancia: Vamos al colegio para formarnos y poder conseguir un trabajo digno en el futuro. ¿Formar qué o formarnos cómo? ¿Qué hace digno a un trabajo? Como no puede ser de otra forma, el modelo que rige nuestras vidas viene de esta etapa.

Si esto es así, ¿entonces cuál es el verdadero problema? Si siempre ha habido ideologización en la educación, ¿a qué se deben las protestas y los reclamos? Por una parte, podría deberse a la forma torpe en que se ha intentado llevar a cabo el proceso, pero sobre todo se debe a que lo que está propuesto es un cambio de dirección ideológica, un cambio de signo; es esto lo que reconoce e intenta detener el sector que se opone. Además, en la base de todo este embrollo está el hecho de que hasta hace poco solíamos asociar la palabra ideología a las tendencias políticas de izquierda, como si solo estas fueran productoras de tales sistemas. Esto, claro está, no es accesorio; cuanto menos veamos cómo se desarrollan las ideologías, más fácil será su proceso.

Anteriormente ya lo mencionamos: en todo lo que producimos hay signos que dan cuenta de las ideologías, empezando por el lenguaje, y de esto no escapa la educación. Así, independientemente de lo que suceda con dicha resolución, lo realmente importante es que podamos leer los movimientos que animan los diferentes discursos, en este caso, el educativo. El solo hecho de abocarse a esta tarea constituye un acto político y, como tal, dejará rastros de un determinado sistema de pensamiento.

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* Texto publicado originalmente en el diario La Verdad (21-VI-2014).
IMAGEN: http://www.el-nacional.com/caracas/Madres-Resolucion-Antonio-Rodriguez-Nacional_NACIMA20140410_0028_3.jpg

sábado, 10 de mayo de 2014

A IMAGEN Y SEMEJANZA


En 2004 fue inaugurado el Monumento a la Chinita. Se trata de una plaza construida —al parecer— según cierto estilo europeo de fines del siglo XIX o principios del XX y está ubicada donde alguna vez existió el barrio El Saladillo, uno de los tantos fantasmas que aún nos habitan, sobre todo cuando la recorremos, cuando nos sabemos en el centro, en la zona cero del gentilicio. Por supuesto, luego de diez años se ha convertido en un icono de la ciudad y comparte el altar junto con otras figuras mitológicas.

La primera clave es el como-si, la semejanza: Fue construida a imagen de una plaza extraña; nació para posar, para verse como otra hasta ser esa otra. Pero igualmente vino a ocupar el espacio donde estuvo, además de El Saladillo (un barrio que resume en sí mismo lo que debe ser un habitante de esta ciudad), un paseo o boulevard construido por el exceso de progreso y glamour que trajo el petróleo. Es decir, que desde el inicio esta obra de segundo orden, copia de un «original», tuvo la tarea de encarnar una nueva forma de entendernos como ciudadanos, lo que ha resultado en que nos refundamos en un artificio, en un objeto hecho para que haga las veces de plaza según el relato tradicional de las viejas plazas de la ciudad. Precisamente porque funciona, porque cumple plenamente su tarea, vamos y nos tomamos la foto con la imagen de la Virgen al fondo y sentimos que ejercemos lo que somos como habitantes de este espacio. También es por esto que hay un continuo llamado a retomar las viejas costumbres, volver a los lugares de antes, de darles una nueva vida; estaremos más cerca del origen, de nuestra esencia. Entonces construimos casas como si fueran de la época colonial, sitios nocturnos al estilo saladillero, escuchamos canciones que suenan como las gaitas primitivas y así sucesivamente.

Lo dicho: nos fundamos y refundamos sobre el simulacro.

Esto en principio no es problema; de alguna manera, el simulacro nos ofrece un discurso, un sistema a partir del cual podríamos desarrollarnos. El problema es que no lo reconocemos como tal; luego, ese segundo orden deviene el primero.

Sin embargo, a pesar de lo que pueda parecer, no es de este monumento de lo que hablamos. Señalamos el desplazamiento e intercambio de estos diferentes órdenes y de cómo nos apoyamos en la ficción para construirnos.

Por ejemplo, recientemente una persona hablaba de la ruptura de una relación que pasó hace algunos meses; en cierto punto, para dejar claro que era algo superado, dijo que había borrado las fotos con esa persona, había cambiado el estado, la había bloqueado, etc. Es decir, las redes sociales marcan las pautas de cómo empezar, desarrollar y cerrar una relación, es un manual del que nos alimentamos a diario. Nuevamente esta construcción, en principio de segundo orden, ha reemplazado el «original». Ahora esta ficción nos provee desde hace algunos años el discurso que antes aportaban otros productos culturales, como las telenovelas o el cine, por solo nombrar dos que aún tienen bastante fuerza.

Como comentamos en el artículo anterior, en la ficción escenificamos lo que realmente somos. Sin embargo, no siempre la reconocemos —si efectivamente es de esto de lo que se trata— y terminamos, personajes al fin, ejecutando una historia ajena, un guion aún en proceso.

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* Una versión de este texto fue publicada en el diario La Verdad (10-V-2014).
IMAGEN: http://4.bp.blogspot.com/_q0SdV1GTqbk/SwMhKXiNvwI/AAAAAAAAAhw/yBsEODoD6P4/s1600/Monumento+a+la+Virgen1.jpg

sábado, 26 de abril de 2014

EL OTRO NOMBRE

Paseo de pareja en la playa en Her

Recientemente me vi buscando e intentando inventar un seudónimo, otro nombre. Pensé en alguno de la etapa universitaria, descartado rápidamente, y luego le pregunté a Google cómo crear uno. Revisé un par de entradas, pero nada, no estaba satisfecho, ninguno me gustaba. Pero ¿por qué esta no complacencia en el nombre? ¿Qué decían o qué dejaban de decir esos ejemplos que iban apareciendo? Aun cuando se trataba de un requisito meramente práctico, sin mayor ambición, no me parecía que cualquier nombre estaría bien; debía gustarme desde varios puntos de vista: acústico, visual, incluso semántico.

Cuando una página nos solicita un username, un nickname, un alias, intentamos en primer lugar alguno que nos guste, quizás con cierta «historia», donde nos reconozcan. El problema está cuando ya alguien lo usa: el sistema nos sugiere unos cuantos nombres similares, la mayoría con el añadido de uno o dos números. Pero tampoco, generalmente no nos conformamos con esos. Si nos vamos a renombrar, nosotros mismos seremos los agentes de ese nombre y, en consecuencia, de la nueva identidad.

Sin embargo, ese otro que damos a luz lleva el germen del cuerpo con que nos batimos hace años en la familia, en los salones de clase, en el trabajo, etc. Está infectado de nosotros. De modo que lo que parecía ser una nueva identidad es en realidad una prolongación o, más aún, resolución de aquella que tal vez pretendíamos suspender, al menos por momentos. Es que «necesitamos la disculpa de la ficción para escenificar lo que realmente somos» (S. Žižek). Es decir, no se trata quizá de que nos ocultamos detrás de avatares, displays y usernames, sino que hay una especie de realización en esa multitud de jugadores de FIFA 14, en la arroba que nos anuncia en Twitter, en el ejercicio curatorial de Instagram, etc.

En Her, el aclamado filme de Spike Jonze, Theodore Twombly mantiene una relación con un sistema operativo, pero cuando esta se complica, duda de sí mismo y se pregunta: «¿Estoy en esto porque no tengo la fuerza para tener una relación real?». Pero Amy, su amiga vecina, le devuelve la pregunta: «¿Acaso no es una relación de verdad?». En este caso, lo que determina el carácter real o ficticio de la relación es su funcionamiento, cómo se comporta, y no la aparente ausencia de un cuerpo.

Así, la búsqueda de un seudónimo deja de ser algo accesorio en la medida que reconocemos que hay un renombramiento, que comporta a su vez la construcción de una identidad, solo que nos quedamos cortos; no es solo eso, conlleva asimismo la posibilidad de desarrollar y mostrar un otro que está más cerca de nuestros deseos, angustias, etc. ¿Un yo más yo? Más bien un yo/otro, un reconocimiento.

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* Texto publicado originalmente en el diario La Verdad (26-IV-2014).
IMAGEN: http://moviecitynews.com/wp-content/uploads/2013/10/Her-beach-scene.jpg